Hola, amigos, hoy les voy a contar varias historias divertidas de mi más tierna infancia. Juro que ninguna es apócrifa. Todas tienen un punto en común: la escatología.
Desde muy niña supe ser fan de la escatología y ya andaba con mi cacharrito plateado abollado esparciendo teresos propios que sacaba del inodoro por el pasillo de casa para disgusto de la niñera que se resbalaba entre medio de puteadas.
Una vez, como soy tan generosa, con mis primas y hermana compañeras de aventuras, le hicimos un chiste a la vecina, a la sazón, parienta lejana nuestra de City Bell, y le envolvimos una caja de cereales, Zucaritas, llena de teresos dentro un vasito plástico naranja recién saliditos del horno. Nos escondimos para ver su reacción y nos pillábamos de risa al ver la cara de asco y de sorpresa de la pobre Norma.
Pero la gota que rebasó el vaso y que detuvo mi producción de teresos hechos para la ocasión fue la vez en que con mis hermanos mellizos queríamos que se rajara la mucama de turno que era una jodida de mierda. Entonces, no se me ocurrió mejor idea que acudir a mis teresitos. Los puse cuidadosamente dentro de los bolsillos de su uniforme rosa que colgaba del tendete y en la cortina de paja. No va que llega la pinche cabrona y siente un calorcito pegajoso en sus bolsillos, mira asqueada el contenido, sube la cortina de paja y le salta un último tereso en flor. Ese fue nuestra venganza. La muy turra hizo sus valijas y se tomó el palo y jamás volvimos a verla.
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